Había una vez, una mujer que corría.No se detenía. Corría sin parar. No miraba atrás. No quería.
La alcanzaban.
Lograba escabullirse, se escondía en huecos que encontraba.
Corría y no miraba atrás. Tenía miedo. No se daba cuenta pero tenía miedo.
Atravesaba el bosque. Uno, dos, tres mil árboles.
Llegó a un claro… Y la oscuridad la cegó.
La noche aplastó su cuerpo blanco. Apagó su claridad. Y la invitó a dormir.
Y entonces se detuvo. Y el tiempo con ella. Un hueco en el reloj.
Y apareció él en el medio del campo. La encontró entre arbustos. Dormida.
Y el silencio. Y la brisa. La respiración de Dios.
Se acercó a su cuerpo pequeño. La observó. Tan rígida, tan blanca. Inerte entre la hierba. No podía contener sus ojos. Y el tiempo no existía. El paisaje congelado era el único testigo de aquel encuentro.
Y Dios, que dejó de respirar.
Se acercó a ella. Sonrío. Dulcemente. Con cuidado de no despertarla.
Y entonces se detuvo. Y el tiempo con ella. Un hueco en el reloj.
Y apareció él en el medio del campo. La encontró entre arbustos. Dormida.
Y el silencio. Y la brisa. La respiración de Dios.
Se acercó a su cuerpo pequeño. La observó. Tan rígida, tan blanca. Inerte entre la hierba. No podía contener sus ojos. Y el tiempo no existía. El paisaje congelado era el único testigo de aquel encuentro.
Y Dios, que dejó de respirar.
Se acercó a ella. Sonrío. Dulcemente. Con cuidado de no despertarla.
Se arrodilló a su lado. Inclinó su cabeza y apoyó sus labios finos. Temerosos de su boca que lo invitaba desde las profundidades del sueño.
Sintió su aliento. Su aire saliendo de su cuerpo. Y quiso compartirlo. Sorberlo por un instante.
Y entonces, el beso. Un labio sobre otro. El calor sobre el frío. La vida sobre la muerte. Imperceptiblemente.
Y la brisa, y el tiempo y Dios.
Y ella despertó. Sus ojos se abrieron sin esfuerzo. Su rostro. La luz. Se activó su sangre que volvió a recorrerla. Y sintió su paso dentro de ella. Y a lo lejos, un latido. Y esos ojos que miraban, iluminando su mirada. Se reflejó en ellos. Y se encontró con sus ojos en ese mismo reflejo. Una imagen infinita.
Despertó y fue mujer, pequeña y frágil.
El sol empujó a la noche.
El tiempo otra vez, invadiéndolo todo.
La brisa se hizo intensa. Y se llevó su imagen. La de él. Y con ella su reflejo. El de ella. Hasta que lo absorvió el bosque. La brisa borró su rastro. Dios era su cómplice.
Y ella sonreía.
El ya no estaba, pero siempre estaría. En sus ojos.
Le dio luz a su noche, le devolvió la mirada, el brillo a sus pupilas.
Regresó su reflejo que había huído de ella hacía mucho.
Y el tiempo, se transformó en hoy.
Sintió su aliento. Su aire saliendo de su cuerpo. Y quiso compartirlo. Sorberlo por un instante.
Y entonces, el beso. Un labio sobre otro. El calor sobre el frío. La vida sobre la muerte. Imperceptiblemente.
Y la brisa, y el tiempo y Dios.
Y ella despertó. Sus ojos se abrieron sin esfuerzo. Su rostro. La luz. Se activó su sangre que volvió a recorrerla. Y sintió su paso dentro de ella. Y a lo lejos, un latido. Y esos ojos que miraban, iluminando su mirada. Se reflejó en ellos. Y se encontró con sus ojos en ese mismo reflejo. Una imagen infinita.
Despertó y fue mujer, pequeña y frágil.
El sol empujó a la noche.
El tiempo otra vez, invadiéndolo todo.
La brisa se hizo intensa. Y se llevó su imagen. La de él. Y con ella su reflejo. El de ella. Hasta que lo absorvió el bosque. La brisa borró su rastro. Dios era su cómplice.
Y ella sonreía.
El ya no estaba, pero siempre estaría. En sus ojos.
Le dio luz a su noche, le devolvió la mirada, el brillo a sus pupilas.
Regresó su reflejo que había huído de ella hacía mucho.
Y el tiempo, se transformó en hoy.
Fotografía: Edward Weston
Texto: Verónica Mc Loughlin

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