GLOBOS


Era un día triste. Un domingo de otoño. Esos domingos en los que sólo tiene sentido tomar mate en la cama y leer el diario. Todo lo demás se vuelve inevitablemente depresivo. Para terminar de hundirme, bajé la persiana y prendí la televisión. Por suerte sonó el teléfono. La voz amiga de Nacho me sacaba de la cama, me hacía cambiar de ropa y me llevaba a pasear. Hacía mucho que no salíamos. Anduvimos sin rumbo con su auto, sin saber qué hacer ni dónde ir. La compañía ya era suficiente excusa para sonreír. Encaró la autopista, y nos fuimos yendo cada vez más lejos. Pasamos dos peajes hasta salir por una callecita lateral. Nos fuimos adentrando en un barrio pintoresco. Casas bajas, perros y garitas de seguridad. Seguimos avanzando hasta chocarnos de frente con el parque. Una extensión enorme de tierra, pasto y flores, arbustos, familias tomando mate y perros corriendo sin correa. Estacionamos y bajamos del auto. Caminamos sin hablar. Cada uno sumido en los propios pensamientos. El cielo naranja me hizo sonreír y olvidé por un rato los motivos de mi tristeza.
Giré cuando Nacho me tocó el hombro. Me entregó un ramo de globos.
No entendí.
Los había traído en el baúl del auto. Eran 6 globos. Tres para cada uno. Luego me dio tres papeles, un lápiz y unas instrucciones: escribir allí algo que quisiera dejar ir, luego atar los papel a cada globo y soltarlos, esperando que el viento los lleve lejos.
Era una oportunidad preciosa. Soltar. En vez de tres deseos, tres despedidas o tres ofrendas.
El tomó tres globos (uno amarillo, uno blanco y uno rojo), ató sus papeles y se alejó. Lo vi caminar bastante hasta que se detuvo y soltó el primero. Lo miró largo rato. Cuando ya casi no se distinguía, caminó un poco más y soltó el otro, y luego, repitiendo el procedimiento, el tercero.
Dejé de mirarlo. Sentí que espiaba un momento íntimo.
Me dispuse a escribir mis palabras en los papeles. No era fácil. 3 cosas de las cuales desprenderme. 3 cosas a las cuales dejar ir.
Finalmente me decidí. Escribí una palabra en un sólo papel. Ate los hilos de los globos entre sí y luego uní el papel al manojo. Caminé en dirección opuesta a Nacho. Llegué a un punto lo suficientemente solitario.
Miré al cielo, solté los globos y te dejé ir.
Creí que un solo globo no tendría la fuerza suficiente para llevarte. Por eso los uní. Es que me pesabas demasiado.
Fotografía: desconocido
Texto: Verónica Mc Loughlin

TIEMPO ATRAS

Era imponente.
El estaba impávido.
Ella cruzaba zigzagueando la avenida.
No la había vuelto a ver desde hacía mucho. Demasiado. Pero acaso el tiempo no había pasado para ella. O quizá no tanto como para él. Tuvo el impulso de ir a detenerla. Acelerar el auto y frenar de golpe a su lado para sorprenderla y no darle tiempo a pensar. Sólo ver su gesto distraído una vez más. Después de tanto. Miró el semáforo que seguía en rojo. Puso primera y esperó el paso.
Ella caminaba rápido. Sus largas piernas se movían ágilmente y la distanciaban cada vez más de él.
Controló los autos a su espalda por el espejo retrovisor. No tenía a nadie detrás ni en los costados. Podría maniobrar a su antojo. Pero se detuvo. Su mirada focalizó en el espejo retrovisor. Encontró su propio reflejo. Su pelo blanco, sus anteojos, sus arrugas, su piel manchada. Se observó de a poco, como si no se hubiese mirado hacía mucho. Como si estuviera descubriéndose.
Ella le había hecho olvidar el tiempo y los años. Como siempre. Como antes.
El semáforo se volvió verde. Una camioneta que recién aparecía le tocó bocina instándolo a avanzar. El reaccionó tardíamente y presionó el acelerador.
Ella se detenía en el kiosco y preguntaba algo a la vendedora.
El dobló a la derecha. Detuvo el coche en doble fila y la miró por la ventanilla del acompañante. Ella compraba cigarrillos. Se reía ante algún comentario y pedía fuego. Para encender el cigarro se quitó los anteojos de sol, colocándoselos a modo de vincha sobre su pelo rubio y largo. Al terminar, devolvió el encendedor. Tomo el maletín negro que había apoyado en el piso y siguió su camino disfrutando del humo y la ciudad. Taconeaba, altiva y distraída. Tal cual él la recordaba.
La siguió espiando desde el coche detenido. Los años habían pasado también para ella. Pero siempre llevaría ventaja. Veinte años son veinte años.

Fotografía: Santiago Serret
Texto: Verónica Mc Loughlin

AUTORRETRATO

1: Soy morocha y me gusta mucho serlo. No fantaseo con la idea de ser rubia.
2: Amo las películas románticas, pero no soy romántica en la realidad.
3: Soy casera. Prefiero mi
 casa antes que cualquier salida.
4: Detesto cocinar. No tengo imaginación para eso.
5: Soy adicta al correo electrónico.
6: Me gusta trabajar. Si heredara mucho dinero, seguiría haciendo las cosas que hago.
7: Prefiero lo dulce a lo salado.
8: Cada vez tengo menos amigos, y mayor calidad en los vínculos.
9: Sueño con ser madre en algún tiempo.
10: Me gusta madrugar. Y no puedo trasnochar. Por más que lo intente me quedo dormida.
11: No me atraen las drogas.
12: Me hipnotizan los reality shows.
13: Me gusta hacer teatro. Estoy harta de la gente que lo hace.
14: Políticamente, soy comprometida y en el fondo, guardo la esperanza de que en algún momento todo explote.
15: Me angustian mucho los días de lluvia, y los nublados, en general, me deprimo.
16: Amaría saber cantar. Si supiera, dejaría todo lo que hago y me dedicaría solo eso.
17: Tengo pasión por el análisis sintáctico y la ortografía.
18: Se tejer punto santa clara y jersey.
19: Tengo el proyecto de cortarme el pelo bien corto.
20: Le temo a la depresión y a la locura.
21: Sufro de gastritis crónica. Es decir que me duele la panza todo el tiempo.
22: Mis sueños recurrentes: querer gritar o decir algo y quedarme muda. Hombres que me persiguen y me quieren atrapar.
23: Me duele el mundo. Algunos días más que otros.
24: Soy melancólica.

Texto y Foto: Verónica Mc Loughlin

DE COMPRAS

Cuando va a hacer las compras se siente alegre. La posibilidad de llenar la heladera una vez más la pone de buen humor. Antes de llegar al mercado imagina todos los productos que adquirirá. Ya no los que conoce, sino aquellos que le quedan por probar. Sabores nuevos y distintos, colores brillantes, paquetes desconocidos, ofertas imperdibles.

Lleva un carrito con ella. De caño plateado con bolsa amarillenta. Está algo oxidado. Es que tiene muchos años.

Comienza a recorrer los puestos y a decidir qué llevará. Camina por las góndolas y husmea las heladeras, revisa estantes, examina precios.
Y de pronto se encuentra a sí misma cargando en el carro lo mismo que la vez anterior. Los tomates perita, las chauchas gruesas, los huevos blancos, los tallarines. Los cuatro bifes y el kilo de milanesas de pollo. El jabón de tocador en trío y el suavizante blanco para la ropa.
No puede innovar. No le sale. No se anima.
.
Piensa que si llevara berenjenas, no sabría prepararlas. O que si comprara un pedazo de carne para hacer a la cacerola, no encontraría la ocasión adecuada para disfrutarlo.
Opina que el jabón para manos cremoso y delicado que tantas ganas tiene de probar es demasiado caro..
Le encanta el olor del suavizante celeste. Lo conoce porque una vez, a falta del blanco que siempre usa, lo llevó. La diferencia de fragancia es notoria. Pero cuesta el doble.

Piensa a menudo en el dinero. No logra ahorrar. Pero piensa en ello. Y sueña con las cosas que compraría si tuviera más.
Media horma de queso cremoso de marca. Así evitaría la cola interminable que se forma una vez por semana en la quesería para conseguir el kilo de oferta. Llevaría también fiambre. Mucho. Para poder comer sándwiches siempre que quiera.
Tendría cajas de té de distintos gustos que compartiría con invitados, y botellas de aperitivos para prepararse tragos al caer el sol.
Y desodorante de ambiente y jabón líquido y lavandina para ropa de color y galletitas rellenas y yogures con frutas y pastas caseras y almendras.

Cuando termina la compra, comienza el regreso. Ya no siente lo mismo que a la ida. Mientras avanza por las calles de su barrio, arrastrando su carrito, una sensación de desazón la invade, y la rutina la aplasta. No está del todo triste. Su carrito está lleno. Pero se siente vencida. Por sí misma. Por sus temores.

Poco a poco, al alejarse del mercado y avanzar hacia su casa, se va recomponiendo. Su paso se hace ágil y su cara esboza una sonrisa.
Es que decidió algo.
Y promete hacerlo.
Vencerá la próxima vez.

Fotografía y texto: Verónica Mc Loughlin