Viajaba en tren. De chica siempre viajaba en tren. Visitaba
a mi abuela que vivía un par de pueblos más allá. Viajaba con mi hermana y mi
mamá. Era un viaje corto en distancia, pero duraba bastante. O es la percepción
que yo tengo ahora. Como el patio de mi casa de la infancia. Lo recuerdo
enorme, lleno de plantas. Una inmensidad. Lo volví a ver, ya de adulta, cuando
estaban por demoler la casa. Era un patio pequeño y oscuro.

Mi papá se fue en un tren. Y no volvió. Se
lo tragó la guerra.
El último viaje en tren. Este que estoy
haciendo ahora. Lo hice hace unos años. Cuando mi mamá murió. Hacía tiempo que
estaba enferma, no podía estar sola. Mi hermana tenía 3 hijos chicos y no podía
cuidarla. Y yo vivía en otra ciudad. Decidimos internarla en un geriátrico. Un
lugar muy lindo. Con jardín, con buenos enfermeros y una habitación para ella
sola. Era caro. Pero yo ya podía pagarlo. Mi carrera estaba creciendo. Viajaba
siempre que podía a visitarla. Solía ir en auto, con mi hermana y su marido.
Pero la última vez, fui en tren. Un poco por casualidad, un poco por decisión.
Un modo de recordarla en esos viajes que hacíamos juntas a la casa de la abuela
y donde yo imaginaba que mi papá me esperaba del otro lado del mundo y me
abrazaba.
Ahora, mientras viajo, imagino que al
llegar van a estar juntos, ellos dos, mi mamá y mi papá, esperándome y abrazados.
Y el viaje, que es corto, se hace largo.
Texto: Verónica Mc Loughlin
Foto: Lina Etchesuri
En la foto: Karina Antonelli
No hay comentarios:
Publicar un comentario